martes

HOJA EN BLANCO

Un miedo terrible es enfrentarse a la hoja en blanco,

cuando necesitas gritar demasiadas cosas. El inicio de

cada escrito es el miedo escénico del escritor, el

temor de parir mal a un hijo, de crearlo deforme y sin

sentido. El problema nunca es que pasará con él, si no

como hago para que surja, germine y muera. Sí, que

muera hermosamente como nació, con maestría;

porque en el instante que nace, ya estás pensando en

su desarrollo y su magnífica muerte.

Un horror es enfrentarse a la hoja en blanco,

cuando los sentimientos se encuentran revueltos y

ellos te someten queriendo apoderarse de tu lápiz

para plasmar lo que individualmente sienten; pero el

afán es combinarlos y fraternizarlos... no

individualizarlos. El escrito nacimiento, debe ser

doloroso, y la muerte también; pero su recuerdo y

propósito debe ser perpetuo.  

Un desasosiego, es enfrentarse a un escrito

cuando de quien escribes no está; el ausente se

parece tanto a la hoja en blanco… tan ausente, vacío y

con mucho poder sobre ti. El ausente se inmortaliza al

igual que la hoja en blanco, cuando empiezas a

contarle a la hoja cosas de las que sólo el ausente

tenía conocimiento, se inmortalizan cuando la hoja en

blanco sirve para alagar, maldecir, amar, matar,

ofrendar; pero sobre todo, para volver a sentir entre

líneas de espacios en blanco al ausente.

Enfrentarse a la hoja en blanco, sin más armas

que un lápiz; es como ir a la guerra, con el pecho


henchido, pero desnudo.


Atenas Bracamonte Hernandez.

domingo

¿Quién eres?


Capitulo 10 del proyecto literario que me encuentro realizando.

¿Qué clase de enfermo es quien pasa la mitad de su vida con el ojo detrás de una lente, buscando y buscando objetivos qué capturar?
En una ocasión su profesor de un curso llamado “Diseño básico del encuadre” Les hablaba a todos los alumnos en general sobre una característica en particular que comparten la mayoría de las personas que tienen como afición la fotografía o el cine, La predilección que tienen hacia las lentes, los distintos tipos de planos y encuadres se debe a un subyacente fetichismo que tiene lugar en sus retinas. Son voyeristas.

Claro que aquellas palabras producto de una estimulante asociación de ideas en un profesor que también era fotógrafo, sólo exponía una teoría muy personal de lo que puede ser el motivo ulterior de la pasión que rige la vida de un fotógrafo.
Sin embargo, justo en ese instante, Andrés empezaba a percibir en carne propia lo que para entonces años atrás en un salón de clase no era más que la absurda verborrea de un profesor inspirado.


Que Blanca se haya retirado así como así con esa chica que apenas conocía, le causó mucha incomodidad. Blanca ni si quiera imaginaba un poco la frustración que Andrés se encontraba experimentando. No se lo había hecho saber, pero él en verdad hubiese querido que regresaran juntos al departamento, y si fuese posible retomar los tiempos pasados cuando eran compañeros en la facultad y su amistad ibas más allá de las simples sonrisas y conversaciones. Sabía que de haber tenido la iniciativa de decirle para ser novios ella hubiese dicho que sí. Pero por como se dieron las cosas por un momento pensó que de marcar su relación con la etiqueta de noviazgo, todo podía echarse a perder. Aunque el tiempo se encargó de definir que como novios o como amigos, ambos terminarían por dividirse.   

Rumiaba los recuerdos de esos tiempos universitarios. Poco a poco lo fue admitiendo, pues hubo una temporada, es decir cuando ambos decidieron mudarse juntos cada quien en su espacio, respetando mutuamente sus límites, en aquel entonces, por ejemplo el segundo día después de la mudanza aún sin algunos muebles. Abrieron un Tabernero añejo que Andrés robó de la colección de su abuelo. Brindaron y bebieron alegremente compartiendo risas, anécdotas, roces espontáneos de piel hasta que las circunstancias se dieron de tal forma que la razón y la conciencia no tuvieron más lugar en el juego. Andrés la besó, Blanca aceptó sus labios abriendo la boca y se amaron en el piso justo donde ahora existe el sofá en que Andrés yace echado fumando los restos de marihuana que sobraron de la noche anterior, sólo y torturándose así mismo en lejanos recuerdos. Aquella rutina de bebida y sexo casual se repitió casi a diario durante un mes. Andrés aun pertenecía a la facultad de odontología de U.S.M.P. tenía familiares dentistas que se sostenían muy bien gracias a su profesión. Sin embargo en aquellas noches recostado sin ropa junto a Blanca con la tácita promesa de no involucrar demasiados sentimientos en el juego. A pesar de encontrarse todavía mareado tanteaba en la oscuridad buscando su pantalón, rogando porque todavía le sobre aunque sea un par de cigarrillos más… Entonces sucedía…

… Tan sólo minutos atrás había estado entremezclándose con el cuerpo de Blanca, sintiéndose uno con ella en absoluta sincronía, devorando y consumiendo su cuerpo, bebiendo de su sustancia hasta ahogarse. Pero nada se comparaba a quedarse ahí sentado contemplando su belleza influenciada por el claroscurismo de la noche bajo esos contrastes que sólo una retina adaptada a la oscuridad puede percibir. Así como quien modula el foco de una lente o las opciones Iso, Exposición, Brillo, y sombra de una cámara.
Las primeras fotos que él tomo no fueron con lentes ni filtros, sino con sus pupilas, con el rollo de su mente y el revelado de su conciencia. Si él hubiese podido observarse a sí mismo en aquellas circunstancias y comparar la escena con un fotógrafo que posiciona su equipo en frente de un paisaje nocturno programando una larga exposición que le permita captar los tenues e imperceptibles movimientos estelares. Él mismo se hubiese dado cuenta que en ese momento de contemplación pura, por instantes incluso perdiendo su naturaleza humana y elevándose a un plano metafísico, su ser entero plagado de inmovilidad no se diferenciaba a una cámara de potentes lentes sobre una trípode clavada en la tierra, hambrienta de registrar belleza.

No era necesario tocarla, en ese instante no le apetecía, sus ojos y su mirada le hacían el amor. Andrés se dio cuenta que era un apasionado, que su propósito en la vida era ser un artista, no podía haber otra explicación a tan excéntrica conducta, sólo un loco podría estar haciendo y pensando aquello, y si es que no era un loco al menos por el momento se trataba de un artista.
La hierba lo único que hacía era enfrascarlo más y más en sus cavilaciones, si le daba ganas de reír, reiría a carcajadas. Si quisiera llorar, se entregaría a un estado de melancolía, frustración y paranoia. Y blanca aun no llegaba.

Su cuarto era amplio pero desordenado. Habían varias fotografías en la pared. Imágenes de objetos en primer plano, personas en su cotidiano andar, mendigos, el tránsito, el mar, la profunda perspectiva de una avenida, etc. Cerró la puerta con seguro, luego cayó sobre su colchón rebotando como un tronco. Bocabajo. Entreabrió los ojos y en frente, a 5cm de su vista, estaba el control remoto. Un grueso halo de resaca y cansancio rodeaba su cabeza, estaba mareado, incluso empezó a delirar. Vió de pronto un pájaro volar cruzando la vista de su ventana a lo lejos, pero antes que atraviese el cuadrante estuvo más que seguro, que sus ojos como un zoom agudizaron el objetivo y pudo ver con suma claridad al ave que volaba a quilómetros de distancia sobre los edificios. Vió la textura de sus plumas, la aureola de su ojo, los aros de su piel, sus garras, el viento soplar con fuerza. Cada detalle hasta el más mínimo lo observaba minuciosamente. Pero los ojos ya se cerraban, el cansancio podía más.

El sol de Domingo ya brillaba sobre las personas. Las calles algo vacías, la briza un tanto fría entraba por la ventana de al frente, Blanca reposaba su cabeza en el vidrio que correspondía su asiento en el bus. Ella no lo sabía, pero su aspecto seguía siendo el mismo de cuando salió del baño. El reflejo de esa mujer oscuramente sensual maquillada de sombra e indiferencia que la miraba mientras ella se secaba las gotas de agua frente al espejo. Blanca no lo sabía. La imagen que solía tener de sí misma todavía resultaba ser más fuerte. Se imponía sobre cualquier aspecto de su personalidad. Podía empañar todo cuanto esté dentro de ella, más al fin iba cogiendo independencia y ya no tenía poder sobre su exterior.

Aquel exótico sabor de ser otra la acompañó hasta minutos después de salir del cuarto de Gladys. Afuera en la calle, volvía esa Blanca temerosa y tímida, responsable y estudiosa. Introvertida, silenciosa, influenciable y llena de miedos.

“No importa dónde estás, solo importa quién eres” Llegó hacia ella aquel recuerdo de cuanto tenía doce años. Algunos domingos iba a una iglesia evangélica invitada por su compañera de colegio, cuán difícil siempre le fue decir No, y terminaba en lugares que no le despertaban el mínimo interés sólo por responder automáticamente “Sí”.
Si sabes quién eres, no importa donde estés, no importa hacia dónde vas, no importa quienes te rodean. Y tú eres un hijo de Dios. ¿Amen? – ¡Amén! Respondían todos en la iglesia. Incluso Blanca lo hacía, sólo por no desentonar con el resto.

Un paradero cada diez minutos, vendedores ambulantes, personas que ingresaban a bus a solicitar caridad después de un discurso sobre lo pésimo que les va en la vida y lo difícil que es su presente carente de dinero trabajo y apoyo. Blanca entregó una moneda de un sol más por inercia que por convicción.  
  

Desde aquel día en que entró al departamento de Paulo como si fuese una ladrona, y hurgar en sus pertenencias sintiendo todo el tiempo que unos ojos la observaban desde rincones que ella no podía definir, le quedo esa paranoica sensación de una mirada apuntando su espalda. Ella no lo notaba pero cada cierto tiempo volteaba a ver quién era ese que constantemente ponía sus ojos sobre ella. Lo hizo al salir del cuarto del Gladys en el pasillo, bajando la escalera, sentada en el bus, incluso mientras subía en el ascensor. No había ni una cámara de seguridad a la vista, sin embargo por un momento no cesó de buscarla, y hubiese continuado así buen rato si es que el ascensor no se detenía en el séptimo piso.

Antes de entrar al departamento hizo una pausa para conversar consigo misma e intentar aclarar algunas cosas dentro. Sin embargo al entrar fue como si aquellos ojos que la habían estado persiguiendo con mórbida atención en ese momento se hicieran mucho más presentes. Una mirada incógnita y silenciosa que la perseguía incluso en los espacios de su propio hogar.

“¿Qué te pasa Blanca? Acaso estas enloqueciendo… no hay nadie por aquí… bueno, sólo Andrés, pero debe encontrarse tan borracho e inconsciente en su cuarto… supera de una vez esto… nadie te está mirando, ni siquiera Paulo se dio cuenta que estuviste en su cuarto… Nadie… solo nosotras lo sabemos. Sentir que alguien te observa es algo tonto. Tienes sueño. Este par de días estuvieron cargados de sucesos confusos e inusuales. Al menos en tu vida es así… ¿Qué es eso que te empuja tanto a él? Si tan sólo lo conoces de vista, y a lo mucho tuvieron un intercambio de palabras de 5 minutos, ¿Por qué inhalaste cocaína? ¿Porque terminaste acostándote con otra chica? Mira más objetivamente las cosas… Nada de esto es algo malo, Bueno entrar en la casa de otra persona sin su autorización eso sí… pero el resto, ¿Por qué tendría que causarme algún sentimiento de fatiga? Acaso a eso se debe esta paranoia… Por el momento sólo tranquilízate, date un baño… y luego tienes que dormir…

… Justo acabo de recordar esa excitación que me envolvió cuando cogí la Navaja de Gladys… Fue instantáneo. De inmediato cuando la tuve entre mis dedos, me sentí distinta, algo se quiso apoderar de mí. Digo quiso, porque no se lo permití del todo, ¿Qué hubiese pasado si le daba rienda suelta a ese impulso sádico que me solicitaba ir más y más lejos en la piel de Gladys? Aunque apenas rocé la superficie, sino compensaba esa energía desquitando todo este cúmulo de emociones, sentimientos, y pulsiones sobre su cuerpo… Acostándome con ella… Creo que hubiese sido capaz de cometer un crimen con tal de satisfacer el deseo de ir más allá en su piel… y hablo literalmente, “Ir más allá en su piel” No es una metáfora, no es poesía, no es una asquerosa frase pseudo-romántica, durante ese momento tuve una proyección mental… realmente quería abrirle la piel, crearle un surco en la carne, un sórdido apetito de ver parte de su interior escapar hacia fuera… ¿Me estoy riendo?… porque recuerdo parte de mis cursos de la universidad relacionados a la psicología, y viene a mi mente S. Freud con sus teorías fálicas… acaso haber sostenido esa navaja en mis manos despertó frustraciones sexuales de mi ¿inconsciente? Reprimidas desde la niñez y que fueron desarrollándose de manera subyacente… No lo sé… siempre he tenido una predilección hacia las teorías de Freud… En ellas todo se resume a que las represiones, tarde o temprano buscan una manera de expresarse y darse a notar, hasta que lo consiguen… creo que estoy por ese camino…”

Andrés dormitaba bocabajo en su cama, algo le impidió conciliar el sueño completamente, talvéz había escuchado a Blanca entrar y mover cosas, o quizá se mantuvo despierto a voluntad para aun no estar dormido cuando ella llegue. ¿Y para qué esperarla?
Sus ojos entreabiertos como una cámara desenfocada le mostraban todo borroso y lejano. Parpadeó varias veces hasta normalizar su vista. Entonces ahí mismo en frente vió el motivo por el cual no había querido quedarse dormido. Porque de lo contrario se hubiese perdido su programa favorito en la televisión.

Aquel programa era reciente, había pasado poco más de un mes desde que se le ocurrió gastar parte de sus ahorros para comprar unas microcámaras y buscar lugares estratégicos en el departamento donde situarlas. Fue un lunes que Blanca había salido a estudiar temprano. Andrés trajo consigo a un técnico de la empresa para que haga las instalaciones, también para que configure el televisor de su cuarto desde donde se iba a poder visualizar los distintos puntos en donde la cámara filmaba. El trabajo del técnico no era hacer preguntas, pero en su rostro había ciertos gestos de extrañeza mientras instalaba una cámara en un rincón del baño que le permitía un encuadre perfecto de la ducha. Luego una cámara en la habitación de Blanca para ver la cama, las otras dos no levantaban el menor cuestionamiento, una en la sala y otra en la puerta de entrada…

“… ¿Qué estarás haciendo maldito marica que me tienes loca? A veces siento que suena algo en el piso de abajo y te imagino caminar en tu departamento, cerrar una puerta, moviendo un mueble, o trabajando con tus maquetas, como hace un rato. En ocasiones me mantuve con la cabeza fuera de la ventana fingiendo mirar el paisaje, pero en verdad solo esperaba a que hagas lo mismo y que por alguna suerte de coincidencia mires hacia arriba y nos miremos y me sonrías. Pero nunca pasó. Es domingo. ¿Qué habrías estado haciendo anoche? ¿A caso lo mismo? Embriagarte y dejar que un tipo te lleve hacia tu casa para dejarte tirar. Si es así entonces debes estar durmiendo en tu cuarto votando baba sobre la sábana desnudo y bocabajo, miserable después de haberte entregado a otro. Miserable pero contento, aún con las reminiscencias de su cuerpo sobre el tuyo... si es así entonces ojala que haya sido el mismo de la vez pasada, porque no me gustaría que andes tan promiscuo, me siento mejor pensando que llevas una vida sexual más estable. Lo digo porque algún día serás mío, y no me gustaría llevarme los restos de ti. Pero algo me dice que eres de las personas que saben preservar de forma inteligente su esencia. Lo sé porque eso me dijo tu departamento. Muchas personas entran y salen, y tú siempre terminas por ordenar todo de tal manera que sólo queda tu esencia, tus pinturas, tus maquetas, tus planos, no hay influencia de otro por ahí. Eres materia en bruto. Sin duda alguna te quiero para mí…

… Sé que Andrés está dormido, por eso después de buscar en mis cajones alguna ropa cómoda para ponerme después de bañarme, salgo en ropa interior con mi toalla en el hombro hacia la sala donde está el tocador, el único baño que tenemos y que compartimos los dos. Al entrar una vez más me cruzo con mi reflejo en el espejo y veo a esa chica que ésta mañana en el baño de Gladys se puso frente mi con esa mirada fría aunque deshinbida, que me juzga con sus ojos. ¿Por qué me pasa esto? Disfruto de esa chica tan sensual que yace al otro lado del vidrio. Sé que es mi reflejo, pero a pesar de todo siento que ella no soy yo. Ella hace todo lo que yo hago, entonces permito que mis manos den un breve paseo por la piel de mis senos, porque ella también lo está haciendo… ¿Cómo se llama esto? Cuando súbitamente te asalta una rebelación… creo que es una epífanía… la repentina manifestación de una verdad, ella quiere atravesar el espejo, es un contacto extraño, es oscuro y sublime a la vez, porque como parte de mi sabe que soy ella, puedo escuchar lo que piensa. Y me dice -No tonta, yo no quiero atravesar este maldito vidrio para juntarme contigo, romperé este vidrio de mierda algún día, saldré y acabaré contigo, ocultaré tu cadáver en algún lado y recién haré buen uso de tu ridícula vida-. Me da escalofríos. Giro ambas manijas en la bañera, quiero el agua tibia y a la mitad antes de entrar. Sin embargo antes cedo al impulso de volver a verla y regreso al espejo, me cautiva su sensualidad, así como me cautivó la de Gladys cuando la conocí, su libertad. Ella a pesar de estar limitada al otro lado del vidrio la percibo mucho más libre, y yo que me encuentro aquí estoy acorralada con ojos invisibles por todos lados que me espían. Pero juego un rato. Ahí mientras aún te encuentres sometida a mis movimientos quiero verte disfrutar de ti, y vuelvo a ceder suaves caricias en tu piel. Desciendo mis manos hacia la piel de tus senos, desabrocho el sostén, lo dejo caer, bésame… quien seas, bésame, recuesto mi cuerpo en la pared, sin perderte de vista, es inútil cerrar los ojos, me alimenta verte, me alimento de ti. Mis senos se endurecen, mis pezones también, me gustan… Cerré un momento los ojos… recuerdo que cuando estuve en el apartamento de paulo, noté que su habitación quedaba situada justo debajo de mi baño, y miro hacia abajo. Caigo en la cuenta de que si es que en este momento él está durmiendo yo estoy sobre él. Nos separa este piso, miro hacia abajo e imagino que el piso se desvanece o se vuelve transparente y ahí está. Tal y como lo imagine hace un momento, bocabajo en su cama. Perfecto. Viene a mi ser el desorbitante deseo de poder atravesar las losetas y el cemento. Caer sobre ti. Poder aprovecharme de ti, apretarme en tu piel, abrazar tu calor, transmitirte el mío, palparte, tocarte. Amarte. Fundirme contigo, poseer tu carne.

Me he calentado, no resisto este éxtasis comprimido e ingreso a la bañera sin dejar de tocarme. Lo sigo haciendo. Pienso en ti sobre mí, pienso en tus labios, llevo mis dedos a los míos y pienso que mis yemas son tus labios, continúo descendiendo y es tu boca paseando deliberadamente sobre mi piel. Creo poder imaginar muy bien cómo debe sentirse tu aliento cosquilleando mi húmedo cuerpo… mi húmedo sexo… porque estas bajando, y te detienes ahí, te siento plenamente Paulo, calaste tan profundo en mi mente en mi ser, algún día tienes que ser mío.

… Maldita sea… entreabro los ojos y es mi absurda mano tocándome… la masturbación no tiene nada de malo, pero detesto la realidad de que no estás aquí. Por más vívidos que sean mis pensamientos ellos nunca superarán la realidad de mi soledad. Abro completamente los ojos. Este baño de mierda, pequeño, desaseado, sin el mismo color que cuando tenía los ojos cerrados, todo gris y opaco. Entonces vuelve a mí esa extraña sensación de los ojos mirándome por todos lados. ¿Dónde están?
Apresuro mis movimientos, el jabon el champú, el agua. Mejor termino esto de una vez. Volteo no hay nadie atrás solo la pared, miro al frente, ¿Qué sucede?”



Desde la otra habitación Andrés ya se había despertado por completo. Se había acercado a al televisor sentado en el piso con la espalda recostada en la tarima, puso la opción de pantalla completa para que la imagen ocupara todo el monitor. La observaba con detenimiento, con lascivia, con deseo. Todo había estado bien. Hasta que paso algo que no se lo esperaba. Blanca de pronto empezó a mirar por todos lados, como si intuyera que alguien más estuviese ahí. Detuvo de manera inesperada sus caricias y ahora se bañaba de forma apresurada. Vio desesperación y miedo en su actitud. Sin embargo algo más pasó. Todo el cuerpo de Andrés se estremeció. Tuvo escalofríos cuando Blanca después de mirar por todos lados, sus ojos dieron justo donde estaba situada la cámara. Le pareció muy interesante pero perturbador. Imposible que ella sepa donde estaba oculto ese ojo. Porque él había tenido mucho cuidado. El aparato estaba dentro de la pared cubierto con masilla. Absolutamente oculto. Pero ahí estaba el televisor con blanca mirándolo a los ojos. Literalmente mirándolo. Sabes cuando alguien te mira, los ojos tienen una propiedad no física, no material, que hace saber que hay una conciencia detrás de ellos. Esa cualidad se encontraba atravesando el umbral de la lente, el televisor la distancia. Ella sabía que alguien también correspondía sus ojos. Andrés se puso de pie presionando el botón rojo del control.

sábado

Días violentos. (Efer soto)

Extracto del libro de relatos "Retorno a la semilla", por Efer Soto  


No recuerdo muy bien en que pensaba durante mis días de encierro en la habitación oscura de Ate, no recuerdo cuanto tiempo pasó exactamente, ni cuanto escribí, ni cuánto me masturbe.

Pasaba días enteros pensando en la chica que había sido mía y que ahora era de otro. Yo estaba frente a la computadora amarillenta que tenía la hoja Word en blanco, sin una sola palabra, no podía escribir nada. Supongo que mi ex chica estaba por algún lugar del mundo con ese tipo adinerado, que había llegado como un meteorito a mi vida para extinguir todas mis esperanzas de amor perfecto.

Pensaba en escribir pero por alguna extraña razón no podía me decía a mi mismo, que pronto todo esto terminaría. Jamás, incluso en los momentos más terribles le perdí fe a la vida. Jamás incluso en las circunstancias más amargas sentía la esperanza de que todo esto terminaría. Por eso seguía ahí enfrentándome a la hoja en blanco, con mucha hambre y sobre todo con mucha rabia por la chica que se había ido.

Cada vez que me iba a cagar pensaba; que mierda, si no he comido en tres días, entonces creía que Dios era bueno, que posiblemente era cierto eso de que estaba en todos lados, entonces era él quien entraba a mi estomago y depositaba trozos de carne, verduras, pollo o lo que fuese.

Salía una vez al día a ver el mundo, a la gente, me quedaba frente a un banco por horas, esperando que algún ladrón irrumpiera en escena e iniciase un enfrentamiento a balazos con la policía. Subía los cerros hasta que mis piernas dijeran ¡Basta!, luego me sentaba y alucinaba que de la tierra brotaría agua para convertir esa tierra en fértil y en poco tiempo aparecería algún loco diciendo que había salido de ese agujero para convertirse en rey, haría de ese lugar un imperio. Claro que nada de eso sucedería.

Al descender escribía alguna de mis alucinaciones y dormía agradeciéndole a Dios por hacer mi vida mierda. La gente siempre tiene lo que se merece, a todos algún día irremediablemente nos alcanza el karma; y ninguna experiencia engrandece más el espíritu que el sufrimiento.

Era durante mis veinte años, la vida, pendeja ella, me había puesto en cuatro y me la estaba empujando toda, una y otra vez; tranquilos es una metáfora nada más. Así como la gente cuando dice “Muchacho, la vida es como el mar, tiene altas y bajas” “Muchacho, la vida es como el limón, agridulce” no se ellos pero yo creo que la vida se parece sin exagerar, a una pelea callejera con un público desagradable riéndose de ti, en la que por momentos tienes que aguantar los golpes para conocer al enemigo, para captar sus debilidades, y darle ahí sin parar hasta el final, que dicho sea de paso perderás, sin importar lo que hagas porque al final de tus días morirás y no creo que lo consideres como una victoria, porque el espíritu ganador, siempre quiere más.

Ahí estaba en mi cuarto, tenía un poster, con personalidades diferentes entre sí, pero con algo en común, habían logrado éxito rotundo, dejado huella y algunos también mucho dinero. Estaba Calamaro, Bob Dylan, Dylan Thomas, Lord Byron, Axl Rose, Bukowski, Vallejo, Tego Calderon, Allan Poe, entre otros; todos con la mirada fija, primeros planos, Esperaba mientras me moría de hambre al menos llegar a formar parte de algún poster amarillento y arrugado de algún adolescente con aspiraciones artísticas.

Estaba controlando la furia que me producía cada día, me esforzaba en cada pensamiento que sobrevolaba mi cabeza con la esperanza de formar un texto que valiera la pena, sin embargo al corto tiempo caí en el pensamiento pesimista, de que posiblemente no era bueno para esto, y es probable que no lo sea, pero finalizar, al construir un párrafo del que pude sentirme orgulloso, pude sentirme también triunfador, por haber completado ese párrafo que a la gente ajena a tus pretensiones jamás se le ocurriría.

Así cada tarde con el ocaso y el cuerpo desnudo me sentaba en el sillón ajado para plasmar palabras que había perdido, traer a la mente a personas que me causaban tristeza, que me herían al retornar del pasado con palabras que creaban llagas de surcos profundos. Era duro ejercicio diario del cual salía destrozado, pero por las mañanas al leer cada palabra sentía que daba un paso más en esta difícil tarea.

Todos los amigos y todas las mujeres se habían ido, trataba de ocultarme incluso de mi mismo, y me sumergí en un mundo desconocido hasta entonces, era mi propio interior, un campo minado del que salí moribundo. Ya no era yo, era tan sólo una grafía olvidada en alguna pared por algunos vándalos; no me sentía contento; era entonces el momento preciso para comenzar a enfrentarme a la hoja en blanco.

Hubo un día en el que llamo la chica de mis sueños, mi nena diez, mi mujer ideal, estaba de vacaciones viviendo al otro lado de la ciudad, pero que era temporada terminaba y regresaría a su casa, me contó que pasaría cerca de mi desorden y que le agradaría verme, sólo como amigos. Yo no le veía ningún problema así que dije que la esperaría en un sitio conocido, un restaurante de comida rápida dentro de tres días.

Sabía que eso de vernos “solo como amigos” era una vil mentira, en el fondo ardíamos por una pasión desenfrenada, por encontrarnos solos sin moral, sin respeto, desnudos con mi juventud en la mano metiendo y sacando de su cuerpo.

Cuando nos encontramos en aquel restaurante nos quedamos mirándonos por unos instantes, sin saber qué decir y poco a poco como dos niños que descubren algo y tienen miedo de tocar, nos acercamos y nos besamos, poco a poco fuimos acariciándonos olvidando que estábamos en medio de la multitud que avanzaba mirándonos sin darnos importancia.
Cuando fuimos hacia mi habitación que parecía el de una rata, nos desvestimos aun parados, y cogiendo mi miembro le decía; todo esto es tuyo; una y otra vez, ella sonreía y me acariciaba ardientemente, al culminar, al conseguir lo que ella quería se iba, dejándome solo, sin nadie a quien acudir y pensando seriamente que posiblemente ella me odiaba, me odiaba más que a nadie en este mundo.

Como ya estaba solo me sentaba a escribir nuevamente, es el mejor momento para escribir, pero era el peor momento para vivir, quería dormirme simplemente y despertar cuando todo ese dolor pasara, pero escribía, continuaba escribiendo.     


Extracto del libro de relatos "Retorno a la semilla", por Efer Soto 

viernes

El tragaluz II.


“Battle bots”, era el nombre  del juego, hombrecitos que manejaban inmensos robots para luchar en escenarios futuristas. David no era muy fanático del Nintendo, pero Battle Bots era la excepción, con los demás juegos él se aburría, Metal Slug, Super Mario Bros, Bomberman, Etc. Ninguno era de su agrado, en éste él se emocionaba y era muy buen luchador, Cristian no podía ganarle por más intentos que haga, David lo dejaba rendido y se ponía a saltar de orgullo.

-Bien, ya se acabó. –Dijo Cristian, presionó el botón “power” del Nintendo, dejó su mando sobre el televisor.
-Ah ya te enojaste, no seas picón. –Requintó David.
-Nada, es que sólo eso sabes jugar, yo te rompo en cualquier otro juego.
-Battle Bots es el único juego chévere, los demás son para tarados.
-Ya oe, no te pases. –Le dijo tirándole un suave palmazo en la cabeza. –Veamos tele aunque sea.
-Ya… ya… está bien. –Siendo Cristian un año mayor, David no ponía muchas objeciones.

Empezaron a buscar en los canales algo entretenido presionando un número tras otro, siendo las seis de la tarde, la mayoría de canales transmitían novelas o películas, en el canal 7 daba “Gasparin”, luego vendrían más dibujos, no había más opción que contentarse con eso pues “cable mágico” no tenían. Recostaron sus espaldas y con aire aburrido fijaron la mirada en la pantalla.

-Oye David… -Dijo Cristian mirándolo de costado, David volteó, se halló con su rostro de ojos grandes y piel morena, tenía una sonrisa maliciosa.
-¿Qué?
-En el cole dicen que te gusta Leslie.
-No es cierto… ¿Quién dice?
-Todos pues.
-… Está bien, te lo digo a ti ¿Si? A mí sí me gusta ella, es blanquita y pecosita, ¿No vas a decir que no es linda? Lo que pasa es que todos en el salón son unos cojudos, no saben más que joder haciendo bulla.
-Oye que chévere que seas así de franco, el año pasado yo me moría por Lizet, pero siempre me daba mucha vergüenza admitirlo, tampoco se lo hice saber a ella, ahora ya se cambió de cole.
-¿Ahora quién te gusta?
-Nadie en realidad, aunque la profe María Ester no está nada mal. –Se rieron.
-Ahora te gustan las tías entonces…
-Es un decir nomás… a veces me imagino haciéndole cosas, es que si por un rato dejas de verla como una profesora, la miras bien, está bien formadita.
-Haber haber, déjame cerrar los ojos. –David juntó los párpados e intentó recordarla, la veía señalando la pizarra con una regla, entonces borró la regla, luego la pizarra, quedó ella con un fondo blanco… intentó quitarle la ropa, la dejó en ropa interior, pero hasta ahí nomás se lo permitió y abrió los ojos. – ¡Sí! Tienes razón, riquísima la profe.
-Ves ¿Oye tú no te imaginas nada con Leslie?
-Sí, imagino que la tomo de la mano, que la abrazo, que andamos juntos…
- ¡Ya pues! ¿Nada más?
-Sólo ese tipo de cosas, es que por ella siento cosas bonitas, y sólo puedo imaginarme haciendo cosas bonitas con ella.
Debes saber que a las mujeres les gustan otras cosas, no siempre cosas bonitas…
-¿Y tú que sabes de ellas?
-Pues mi má me enseña, ¿Ella es mujer no? –Hubo un silencio- Pero  siempre me repite que a nadie le debo contar...
-Te juro por diosito que no le diré a nadie. Además ya estamos en esto de contarnos cosas…
-Está bien, hay noches que ella llega bien tarde, bueno ella trabaja en la cochera de al frente, por eso a veces la ves parada en las pared o cerca al poste, cuando viene, viene acompañada de alguien y se asegura que yo esté en mi cuarto, acá sólo tenemos un cuarto, es que éste mueble si le levantas por aquí se transforma en una cama…
-¡Que paja! No sabía que se podía hacer eso.
-Sí, cuando se vuelve una cama ellos apagan todo, sólo la tele está prendida, por eso más o menos puedo ver lo que pasa, por la luz de la tele, y el señor se pone encima y mi mamá abre bastante la boca, y a veces grita, pero eso le gusta.
-¿Cómo sabes que eso le gusta? ¿Te lo dijo?
-Es que no siempre viene con alguien, cuando está sola me llama para echarme con ella, ella duerme sólo en calzón y con un polo ancho, me pide que le toque abajo, aquí mira…
-Oye no hagas eso…
-Es sólo para que entiendas… y después con su mano me hace meter dentro del calzón, donde está mojado y con pelos, pero la escucho hacer los mismos sonidos que cuando viene acompañada…
-Entonces eso le gusta…
-Sí pues por eso te digo, un día hazle así a Leslie haber que pasa.
-Ja ja ja, por lo que me dices me haces acordar a una película que vi hace tiempo, sobre una madre que le hacía algo parecido al hijo, no parecía ser algo bueno, ¿Tú qué piensas? 
-… Pienso que si le gusta, no está mal, es que… es que… ella también luego me lo hace a mí…

David quedó en silencio, había imaginado cada una de sus palabras, aquellos pensamientos lo hacían sentir raro, no era muy grato retenerlos en la cabeza, era un tanto incómodo ya que él mismo algunos días de la semana solía tener sueños en los que se bañaba con su madre y él la tocaba y despertaba con una erección, después no podía mirar mucho a su madre sino hasta después de una hora de pasado el sueño. Le sugirió que prendan otra vez el Nintendo, que jugarían lo que Cristian quisiera, él aceptó y volvió a prender el aparato.

Mientras buscaban entre los nombres de cada juego, Cristian reconoció el sonido de los tacos de su madre aproximándose al inicio del pasadizo, le dijo que su madre ya llegó que tenían que despedirse.

La puerta se abrió, su madre una señora morena y voluptuosa con un cigarro entre los dedos, atrás estaba un señor de sport elegante, Niños salgan afuera a jugar, Les dijo con voz y aliento de borracha. Má ¿me das para comprar un helado?, Dijo Cristian, Luego te doy ahorita tengo cosas que hacer, salgan chicos. Ellos salieron, lo último que vieron antes de que el señor cierre la puerta fue a la mamá de Cristian armando el sofá cama.

Recién había anochecido, todavía a las 7:30 se prendían las luces de los pasillos, andaban juntos entre los ecos y penumbras del edificio, Cristian le dijo saque unos papeles para armar aviones y hacerlos volar por el tragaluz, eso hicieron, pronto se prendieron las luces, ya tenían los aviones listos, los lanzaban al vacío y se quedaban atentos viéndolos girar como pájaros. Al rato salieron Nico y Erick pateando una pelota, Oigan ¿Un partidito? ; ¡Claro Vamos!, Dijeron Cristian y David.

martes

El sexto piso.


Era extranjero, se notaba por su color de piel, su estatura, su actitud, aunque no tenía ni pizca de idea que luego terminase pidiéndome todo eso, supongo que fue una corazonada lo que me hizo querer buscar su atención. Ahí en su mesa, era un tipo común, voyerista, con plata eso sí, por eso me esmeré mirándolo con fijeza para que sepa que entre todos aquí sólo él me interesaba, sólo para él bailaba, y por él me movía así, por supuesto todos se ganaban, pero en particular mi show era dirigido para sus ojos grises, para estimular sus apetitos, captar su interés, moverlo de ahí que se acerque hacia mí y me diga las palabras puntuales que necesitaba, Vámonos a un cuarto, sí esas mismas, aquello significaba que no le interesaba saber el precio, porque por ende sea cual sea podría pagarlo.

Pero fue diferente porque no me dijo vámonos a un cuarto, sino, Bájate, ven conmigo, cosa que me gustó más aún, su acento no era norteamericano, predominaba la “g”, supuse que quizá era un alemán, pero su dominio del español era absoluto. A unas siete cuadras del Safari estaba un hotel del mismo nombre, le hice un oral en el taxi, fue por propia iniciativa, le tenía ganas desde ya, así que succionándole el pene me esmeré ante su rigidez, ante su color, se lo hice suavecito sin apretar los dientes, echándole suficiente saliva, el hombre ese duraba bastante, otro por las cositas que sólo mi lengua y yo saben hacer no hubiese durado ni quince segundos.      

Primero entré yo, abrí la puerta de vidrio, saludé, el hombre pagó la habitación, no miré más, me di la vuelta, busqué el ascensor, él venía tras mío, entramos, al cerrarse la puerta me pegué a él levantando la pierna, llevando su mano para que me toque, yo por mi parte le sobaba con la mano derecha, aún estaba duro, podía cerrar mis dedos y sobarlo por encima del cierre lo sentía todito, él no se movía mucho, tampoco decía mucho. Llegamos al piso seis.

En la habitación me empecé a quitar la ropa, él cerró con seguro, me bajé la falda, desabroché el sostén, me tiré en la cama, lo ví bajándose el pantalón me arrimé a un lado para que se echara, sacó su billetera, buscó entre los compartimientos hasta encontrar lo que parecía ser un paquetito de papel de alguna revista, estaba bien doblado, lo abrió despacio sus manos temblaban un poco, dentro había cocaína blanca y cristalina, le pasó un dedo y lo llevó a la boca. Sonó la puerta, cerró el paquetito y me pidió que reciba el pedido. Cogí mi blusa para taparme los senos y atendí al joven que nos traía una botella de whisky. No me dejó echarme, le entregué la botella él la abrió y del pico sorbió un buen trago, luego abrazándome de la cintura me acercó para lamer, besar, chupar mis senos.

Mordisqueaba mis pezones, empezaba a sentirme contenta de que al fin empezara a hacer algo ese gringo tan callado. Lo cogí de los hombros empujándolo hacia la cama, yo estaba totalmente desnuda, mi sexo se encontró con el suyo de inmediato, me erguí para que entrase, me senté sobre él, ya había entrado, volteé la cintura hacia el velador donde estaba el paquetito, lo cogí, con la uña del meñique me ayude para recoger un poco del polvito e inhalé por ambas fosas, le di un poco a él así echado como estaba, sólo aspiró con fuerza y todo ingresó con rapidez, esparcí un poco por mis encías, era de tal calidad, pura genuina, con ese amargo especial, él también quiso, le di mi dedo el cual chupó cerrando los ojos, sonriendo. Con el frenesí corriendo por nuestro torrente sanguíneo empezamos a hacer el amor, sobre la cabecera de la cama habían dos interruptores uno para apagar las luces centrales otro para encender un fluorescente aledaño que botaba una tenue luz roja, la cual le otorgaba otro relieve a nuestras pieles, otras sombras, éramos otros.

Me volteó revolcándonos, quedé debajo de él, se terminó de quitar la ropa, era robusto estaba en forma, inhaló un poco más, bebió de la botella, le exigí que me invitara un poco más de ambos. Penetrándome con fuerza me besó en los labios y me dejé porque su boca sabía a whisky y a coca, no es en sí por el sabor, sino por el frenesí explosivo que ocasionaba aquella combinación, recorrí cada recoveco de su cavidad bucal, sedienta, hambrienta, recibiendo dentro su miembro caliente y mojado. Al apartar mi boca de la suya sin darme cuenta lo abrazaba hundiendo mis uñas en su piel, con mis muslos y pantorrillas lo abrazaba hasta dejarle marcas en la cintura.

Lo sentí detenerse y ponerse tenso soltando algunos jadeos en mi oído, percibía su cálida eyaculación como un cosquilleo dentro de mi vejiga, en el acto salió, recostándose en la almohada, yo me quedé ahí tirada un rato con los ojos cerrados transpirando, tocándome lentamente el vientre. Ein Tanz für mich bitte, alcé mi cuello, con el gesto de mi cara le dije que no entendía nada, Ponte de pie, baila un rato, me dijo. No tenía ganas, hubiese preferido que durase más y seguir postrada debajo de él recibiendo más, Frauen haben, was ich sage, supongo que había dicho lo mismo, pero seguí sin obedecerle, abrió la billetera sacó dos billetes de 50$ y me los lanzó, contenta me paré, me asomé al velador sin mirarlo, sin pedirle permiso con esa tarjeta personal armé dos líneas gruesas enrollé un billete e inhalé de prisa, pero me faltaba un poco, mi cuerpo requería más, armé dos líneas más, volví a inhalar, que tremendo arrebato de energía me invadió, cerré los ojos dejando mis manos moverse por sí solas acariciándome todavía muy agitada, sudando. No había música, pero me movía como si una sensual melodía estuviese sonando. Al verlo de nuevo él estaba haciendo lo que yo hace unos pocos segundos, aspirando gruesas dosis y bebiendo el trago, algunas gotas sobresalieron de las comisuras de sus carnoso labios. Le bailé, libre, suelta, sintiendo que no había mujer más sensual que yo, sintiendo que sólo yo le había hecho esto a él, le baile tal y como hice para llamar su atención en la barra ante el sendero de sus ojos grises.                                 

Él estaba atento en la contemplación de mis movimientos con la botella en una mano masturbándose con la otra, aunque sin erección sólo sobando por inercia, volvía a cerrar los ojos, me sumí en la tácita melodía que circundaba la habitación, Verschieben Sie das Fenster, le pregunté con los ojos qué era lo que decía, Abre las cortinas, me dijo, no eran cortinas sino persianas, caminé a la ventana y lo hice, sin apartarme de ahí continué con mi danza, creo que sí había música, la de nuestras almas aceleradas, la de nuestras respiraciones y susurros, todo emanaba sonido, incluso el color rojizo del fluorescente era la música. Se acercó a mí sin soltar la botella, me invitó un sorbo de whisky, me beso insertando la lengua, frotándome con el resto de su cuerpo, después me dio un billete más el cual dejé tirado en el piso, vertió licor desde mi cuello encontrando su cauce por mis clavículas, parte de mi espalda, mi busto, mi ombligo, dejó la botella en el muro de la ventana, bebió gota a gota los restos esparcidos en mi cuerpo perdiéndose en mi piel, calentándome, agitándome, agachándose por mis muslos con su lengua inquieta. Con gran fuerza me volteó, apoyada en la pared recibí otro chorro más de whisky por toda la espalda, éste fluía hacia mi columna, mis nalgas, entre ellas, hasta los pies, llenándome de calor, de escozor, de ardor, su boca siguió hurgando mi cuerpo sin obviar cada parte que el licor había tocado pero poniendo énfasis entre mis glúteos donde no resistí soltar un chillido y me erizaba empinando los pies, curvando la espalda, dejándome llevar me recosté bocabajo excitada, rendida, dispuesta.
Se echó sobre mí, no quería metérmela por la vagina, apuntaba más arriba, le dije que no, pero me cerró la boca con dos billetes más cayendo frente a mí, reí para mí misma, así postrada ante el suelo vi su mano acercar hacia mí el papelito con lo último que quedaba y la tarjeta, arrimé todo lo que sabía podía aspirar, acercando la punta de mi nariz al piso absorbí de golpe ambas filas de valor, ambas dosis de frenesí, ambas dosis de descontrol. Permití que me penetrara, lo dejé ingresar sin preámbulo, y él me lo hizo como le apeteció, tratándome como un objeto inanimado, consumiéndome, inhalándome igual a una línea de coca, ahora quién tenía las marcas en la espalda era yo, por sus dientes, estaba bien, el dolor que me producía con su sexo se distendía o era compartido cuando me mordía surcando mi piel, yo también necesitaba hacerle algo, por eso llevé sus dedos a mi boca, los lamí y mordisqueé no segura si lo que esperaba era que durase más o que terminase de una vez. Pero sin acabar aún lo sacó, me dio la vuelta se sentó en mi vientre, apretándome un seno se masturbaba encima de mí, yo perdía la respiración, aunque ya estaba más tranquila, Diese Scheiße ist lecker! Me decía, tenía la cara hacia arriba. Se la sobaba como quien busca producir fuego con dos varas de madera, Freude, und ich kam! Dijo otra vez, el chorro de su semen salpicó en mis senos y parte del mentón.

Esta vez sí reposó unos minutos antes de ponerse de pie, no quedaba nada en la botella ni en el papel, pronto en el suelo sólo me encontraba yo con mis billetes, mi cuerpo meloso de licor, saliva, sudor y esperma.

Lo vi yendose a la cama, de su saco cogió un blister de pastillas amarillas, quizá tranquilizantes para poder dormir, fue al baño, ahí fue que yo me paré porque me iba a dar una ducha, vertió agua del caño en la mano y se tomó dos pastillas, Ojalá amanezcas vivo, Le dije, él salió, yo ingresé a la bañera, abrí al máximo me mojé de agua bien fría, ya había guardado los billetes en mi cartera y tenía mi ropa al otro lado de la cortina lista para vestirme luego del baño.

Es ist vorbei, gehen... Estaba fumando un cigarro negro, por primera vez tenía el control en la mano cambiando los canales, Enserio, ojalá amanezcas vivo, Le volví a decir a modo de despedida, Bye, hoffe, Sie sehen dann, Me respondió, cerré la puerta.